Isabel Garcés: la eterna abuela del cine español que conquistó corazones entre bambalinas y focos

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Isabel Garcés

(1901 – 1981)

Cuando hablamos de Isabel Garcés, es imposible no imaginarla con un pañuelo al cuello, un bolso de asas cortas y esa sonrisa cálida que podía curar un disgusto… aunque fuera solo durante una escena. Fue la abuela de todos los españoles que crecieron con el cine de la posguerra y la Transición, la vecina entrañable que siempre tenía una frase ingeniosa a mano y la actriz que, incluso en papeles pequeños, se comía la pantalla con una naturalidad asombrosa.

Una niña que nació para el escenario

Isabel Garcés Ibáñez vino al mundo en Madrid en 1901, en un hogar donde la cultura se respiraba sin darse cuenta. Con apenas siete años ya estaba subida a un escenario, interpretando pequeños papeles infantiles en compañías de teatro. No había miedo ni nervios: el teatro era su casa. En los años veinte, cuando España vivía entre el optimismo de las vanguardias y la agitación política, Isabel encontró su gran tesoro: la comedia. Tenía el don de hacer reír sin exagerar, de sacar ternura incluso en los personajes más excéntricos.

Su talento era tan evidente que el mismísimo Jacinto Benavente, Nobel de Literatura, escribió obras pensando en ella. Esto, para una actriz de la época, era como que un diseñador de alta costura te creara un vestido único para ti: un sello de distinción.

La entrada en el cine… a los 59

Mientras otras actrices buscaban la pantalla desde jóvenes, Isabel se mantuvo fiel al teatro durante décadas. No fue hasta los 59 años cuando rodó su primera película, pero su llegada fue como un soplo de aire fresco. El público, acostumbrado a su vis cómica y su calidez en escena, la abrazó inmediatamente. Se convirtió en la abuela dulce y un poco despistada que todos querían en su mesa de Navidad.

Y así empezó una etapa de oro en su carrera cinematográfica. Fue la cómplice ideal de las estrellas infantiles del momento: Pili y Mili, siempre traviesas; Rocío Dúrcal, con su dulzura melódica; y, sobre todo, Marisol (Pepa Flores), con la que rodó nada menos que seis películas.

En los rodajes, Isabel era como una tía querida. Cuentan que con Marisol tenía una relación casi maternal: le daba consejos para manejar los nervios antes de rodar, le enseñaba a proyectar la voz y, en los descansos, compartían chocolate caliente cuando hacía frío en exteriores.

Películas que se convirtieron en recuerdos colectivos

Su filmografía es un catálogo de momentos entrañables:

  • Una gran señora (1959) — donde dejó claro que la elegancia también podía ser cómica.
  • Mi último tango (1960) — un papel que le permitió mostrar su lado más sentimental.
  • Ha llegado un ángel (1961) — uno de sus trabajos más recordados junto a Marisol.
  • Prohibido enamorarse (1961) y Como dos gotas de agua (1963) — pura comedia familiar de la época.
  • Las Leandras (1969) — homenaje al teatro de revista, género que ella conocía de memoria.
  • No desearás al vecino del quinto (1970) — una de las grandes comedias de los setenta, donde su vis cómica volvió a brillar.
  • El abuelo tiene un plan (1973) — cerrando un ciclo de personajes entrañables.

Una trabajadora incansable

En total, más de 300 obras de teatro y más de 100 películas. No hay muchas actrices en España que puedan presumir de semejante currículum. Los premios llegaron como reconocimiento lógico a tanto esfuerzo: el Premio del Círculo de Escritores Cinematográficos y el del Sindicato Nacional de Espectáculos en 1959, el Premio Nacional de Teatro y la prestigiosa Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo.

El último acto

La salud de Isabel empezó a resentirse a finales de los setenta. Pese a ello, siguió trabajando mientras pudo, fiel a su lema: “El teatro y el cine me dan vida”. Falleció en Madrid el 3 de febrero de 1981, a los 79 años, tras una larga enfermedad. Una curiosidad que a los nostálgicos les encanta recordar: murió un día antes del 33º cumpleaños de Pepa Flores, aquella Marisol con la que había compartido tantas sonrisas y tantas escenas.

El recuerdo imborrable

Hoy, su imagen vive en esas tardes de domingo en las que Televisión Española rescata viejas películas familiares. Vive en los aplausos de un teatro lleno y en las miradas de quienes crecieron viéndola como la abuela que todos hubiéramos querido tener. Isabel Garcés fue mucho más que una actriz: fue un pedazo de memoria colectiva, una mujer que entendió que el humor y la ternura, juntos, pueden ser eternos.

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